A medida que se aborda el libro de  Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, uno se va dando cuenta de su innegable contribución a la discusión económica y política de la desigualdad en el presente, pues  el libro resulta, a despecho de muchos,  insoslayable. Contiene las conclusiones de una investigación empírica que abarca tres siglos  y  nada menos que 20 países. Sin embargo, como ya señalamos antes, tiene una lamentable omisión: en su análisis y estudio no incluye América latina, actualmente  uno de los continentes más desiguales del planeta.
En esta obra, el economista francés, hace el esfuerzo de encontrar y entender “las tendencias y los mecanismos” que, en el devenir histórico, generan o reducen la desigualdad social. A estas fuerzas Piketty les llama “fuerzas de convergencia”  o “fuerzas de divergencia”. Las fuerzas convergentes son aquellas que reducen la desigualdad y las fuerzas de divergencia son las que reproducen o acentúan la desigualdad. Por un lado, las fuerzas convergentes son básicamente tres: difusión de conocimientos, inversión en capital humano y desarrollo de las habilidades. Estas fuerzas son muy débiles, obviamente.
Por otro lado, la principal fuerza divergente es la desproporción entre la tasa de rendimiento del capital (r) y la tasa de crecimiento de la economía y de los ingresos (g) cuya representación matemática es simple: .  Esta relación asimétrica, desproporcionada, es el fundamento de la desigualdad, según Piketty. Finalmente, es aquí donde la crítica marxista tiene que hacer su primera interpelación al autor : ¿Cuál es el fundamento estructural para la distribución  asimétrica entre el capital y el trabajo?  ¿Qué determina la relación asimétrica entre r y g? ¿La respuesta está solamente en la economía o, también, en la política?
En esta discusión sobre la desigualdad son dos los pensadores que más destacan: Karl Marx y Simón Kuznets. Ambos con teorías sobre la desigualdad diametralmente opuestas. Para Kuznets la desigualdad se reduce de forma natural y espontanea  en las etapas altas del desarrollo del capitalismo, como resultado de la mayor participación de la gente en las actividades productivas. Ciertamente, su estudio se circunscribe a Estados Unidos de la post guerra. Estas conclusiones carecen de validez por, al menos, cuatro razones:
a)    Sus conclusiones se derivan de una investigación de pocas décadas.
b)   Ignoró las consecuencias de la guerra en la desigualdad.
c)    Entendía la reducción de la desigualdad como una cuestión espontánea y natural.
d)   Últimamente fue refutado por Stiglitz en su libro “El precio de la desigualdad”
A pesar de sus críticas a Marx, muchas de ellas inconsistentes; Piketty reconoce la importancia del principio de “la acumulación del capital”.  Entre los cuentos de hadas de Kuznets y los vaticinios apocalípticos de Marx, siente que este último es más objetivo que los demás, aunque lo “apocalíptico” vaya en contra de su, a veces ingenuo, optimismo.
Finalmente, ante las tentativas de separar la economía de la política bajo supuestos “técnicos”, Piketty no duda en señalar lo siguiente: “La historia de la distribución es siempre profundamente política”, pues depende “las relaciones de fuerza entre los actores”  sociales y políticos.
 
Conclusiones
Queda claro que las fuerzas convergentes, las que reducen la desigualdad,  no son dominantes en la sociedad capitalista. En cambio, la principal fuerza divergente , la que genera desigualdad , que es la asimetría entre r y g , es decir, la asimetría  entre las ganancias del capital y los ingresos de los ciudadanos, se encuentran en la medula misma de las relaciones de distribución del capitalismo, que en última instancia se hallan subordinadas a las formas de propiedad. Pues,  esto ya lo había señalado Marx en El Capital de1867.
Por último, la  lucha contra la desigualdad reviste un carácter doble: económico y político. Es económico por que exige superar  las estructuras injustas de distribución y de propiedad y es político, por que pasa por derrotar el poder de las elites neoliberales, dentro y fuera de nuestras fronteras.
Cesar Augusto H. L.
 
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